Sinceridad, verdad, veracidad.

La verdad es algo muy poderoso, ya que es irrefutable. Por eso, un discurso, cualquiera, deberá ser veraz. O al menos debería.

Siempre he procurado que todo discurso fuera veraz, que si alguien en la sala se levantaba para gritar “mentira”, quien estuviera mintiendo fuera él mismo (nunca me ha pasado y me hubiera dado un soponcio, lo juro). Pero…

Veracidad NO significa sinceridad total. Esto es absurdo y hasta peligroso en ocasiones. Imaginemos por ejemplo un acto en el que la persona que debe dar el discurso central comenzara diciendo: “me fastidia bastante estar esta noche con ustedes porque considero que son demasiado cenutrios para entenderme”.  No digo que no pueda llegar a utilizarse esa frase en un contexto adecuado, pero aparte de un monólogo humorístico, no alcanzo a imaginar cuál sería.

O esta otra: nuestra empresa se encamina al desastre, el director general no ha sido capaz de reconducir la situación y el presidente está más preocupado de jugar al golf que de venir por aquí”. Aunque resulte difícil de creer, esto pasa. He sido testigo de ello -no exactamente con esas palabras- y creo que no hace falta decir cómo terminó la cosa.

Pero no sólo hay que evitar estas explosiones de sinceridad descarnada y ofensiva. Hay otros alardes de sinceridad mucho más inocentes que trataremos de evitar a toda costa. ¿Cuáles? Repasemos los dos más habituales:

Disculpen, pero estoy muy nervioso. Vamos a ver. Que estás nervioso, eso es algo que va a resultar obvio para la gente de las primeras filas, e incluso para todos si es que te encuentras en una sala de dimensiones reducidas. Pero el caso es que si te sinceras de esa forma, van a suceder varias cosas:

  • Todo aquel que no se había dado cuenta de que estabas nervioso, ahora ya lo sabe.
  • A partir de este momento, tu público va a estar más pendiente de tus señales físicas de nerviosismo que de tu mensaje, y esto no es lo que quieres.
  • Según el contexto en que te encuentres, es posible que dejen de escucharte y comiencen a pensar en por qué estás tan nervioso. Mejor dicho, a “malpensar”.

No me ha dado tiempo de preparar esta intervención/discurso/presentación. No. Directamente no. A menos que te hayan cogido por sorpresa, que estuvieras ahí tranquilamente escuchando y tu intervención no estuviera prevista, nunca, nunca nunca digas esto. Y si te ha pasado así, tampoco lo digas. Confórmate con admitir la sorpresa. En el resto de casos, ¿por qué no decirlo ni admitirlo jamás?

  • Aunque sea verdad, es una falta total de educación y respeto para con las personas que te han invitado a participar en el acto y para todo el público presente. Y si se trata de una reunión de empresa, vas listo.
  • Habrá quien lo note y habrá quien no. Si lo dices, todo el mundo lo sabrá.
  • Las personas que habitualmente asistimos a actos sociales que conllevan la pronunciación de discursos se echan a temblar ante esta perspectiva, porque suele significar una única cosa: al orador se le va a ir la cabeza, no tendrá estructuradas sus ideas y nos va a tener allí escuchando más de media hora. Es posible que esto no se cumpla, pero vamos a estar más pendientes del tiempo que gastas que de lo que dices.

Dado que la verdad es la mejor apuesta de un orador, resulta sorprendente hasta qué punto un exceso de sinceridad puede tumbar el mejor de los discursos. Si quieres compartir más ejemplos, o te ha pasado algo así, déjanos un comentario.

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