Una cuestión de géneros

¿Cómo sabes si llevas el bigote adecuado?
¿Cómo sabes si llevas el bigote adecuado?

Hay un momento para cada cosa y en esto de los discursos también. Posiblemente hayas llegado a esta página por motivos diversos: tienes una importante reunión con posibles inversores; quieres quedar bien con tu mejor amigo/a en su boda; vas ser el encargado de presentar a un autor importante, etc. Pues cada uno de estos actos merece un tipo de discurso distinto, con sus propios códigos. Son los llamados géneros, y saber en qué aguas te estás moviendo te proporcionará cierta seguridad extra que agradecerás para pasar el trance.

La retórica clásica distingue entre los géneros judicial, deliberativo y demostrativo.  Cada uno tiene sus propias características, si bien atendiendo al contenido, existen lo que se llaman “especies”: persuasión/disuasión, elogio/vituperio, acusación/exculpación y la indagación.

(¿Para que me sirve todo este rollo que me estáis contando hoy? Un poco de paciencia, por favor, que al fin y al cabo este es un tema teórico.)

En todos los casos, en todos los discursos, debemos tener claro que estamos ejecutando un acto de comunicación, por lo que habrá que calibrar muy bien qué técnicas empleamos para que nuestro mensaje -de esto se trata- llegue de la forma más adecuada posible a nuestro público.

Vamos con el fácil: el judicial. Es el que utilizan los abogados ante un juez o un jurado para exculpar a su cliente, acusar a un sospechoso, interrogar a los testigos, tratar de persuadir o disuadir a sus oyentes sobre la culpabilidad o no, e incluso puede llegar a realizar todo esto basado en la alabanza o el vituperio a la persona. Es decir, en el género judicial, cabe todo. Sólo hace falta saber qué te es mejor utilizar según la estrategia que te hayas planteado.

Subamos el nivel: el deliberativo. Este es el más usual. Estás delante de un grupo de gente a la que quieres “convencer” de algo: un debate político, una junta de accionistas, una conferencia sobre el cambio climático… Como en el caso del judicial, caben todas las especies, si bien la indagatoria es rara aquí. Problemas: bastantes.

En ocasiones, sobre todo en ámbitos políticos, se tiene el vicio de abusar del vituperio y la acusación, hasta el punto de que terminan centrando el debate y se imponen al mensaje, en el caso de que no sean el mensaje mismo, claro. ¿Cuántas veces hemos visto en televisión o en prensa una frase de ataque a un contrario, descontextualizada, y que se convierte en noticia por si misma ahogando el discurso político? El vituperio puede hacer que tu público objetivo se identifique contigo, pero fuera de ellos, provocarás rechazo. Con el elogio, en este ámbito, también hay que tener cuidado. Tu público lo aplaudirá, pero fuera de ahí provocará indiferencia y descrédito en el mejor de los casos. Algo parecido te va a suceder la defensa, que no suele ser buena idea, porque para defender vas a tener que recordar a tu público de qué se te acusa.

¿Entonces? Escoge bien. Quizá necesites un plus de popularidad. El vituperio y/o la acusación, bien encauzados, te pueden proporcionar fama de forma rápida (¿recuerdas a Pablo Iglesias y “la casta”?).  A los medios, aunque lo nieguen, les encanta, y te azuzarán, porque les da audiencia. Pero ojo, no es una buena opción. Escogerla por sistema te encasillará y, lo que es peor, hará que en el medio/largo plazo el gran público considere que eres una persona bastante desagradable, por muchas verdades que digas (¿cuánto tiempo aguantas con un amigo que está permanente enfadado, culpando de todo a todo el mundo y que nada le parece bien?). Tampoco te decimos que tengas que vivir en Los mundos de Yupi, ojo. El elogio sin fronteras, aunque sea verdad, suele apestar a falso y a timo (demasiado bonito para ser cierto), y es por lo que muchas veces fracasan los llamados elevator pitch.

Y ahora el difícil: el demostrativo. Aunque a primera vista puede parecer que no, que son más fastidiados los otros dos géneros, en nuestra opinión este es el más complicado de ejecutar correctamente. No solo eso, suele ser el que más nerviosos pone a magníficos oradores de otros ámbitos. Es la presentación que se hace de otra persona; el agradecimiento de quien recibe un premio;  las palabras que se dicen durante una boda o un funeral, etc. Aunque a priori os imaginaréis que aquí solo cabe el elogio, ya os decimos que estás bastante equivocados. Este es un género donde predomina la persuasión, porque uno de los principales objetivos es que vuestro público se ponga de vuestra parte. Y tiene otro peligro: caer en lo cursi y lo manido. Pero de eso, ya hablaremos otro día.

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