¿Eres más listo que el hambre?

hambre metafora

Entonces sabrás que la pregunta que hacemos es una comparación, un símil. Se trata de un recurso muy frecuente del lenguaje coloquial, tanto que seguro que lo utilizas varias veces al día. Y en un discurso… ¿puedes introducirlo? Pues claro. Y también la metáfora, pero atente a unas cuantas normas dictadas por el sentido común.

Vamos con un par de definiciones sencillas, para entendernos: básicamente un símil es decir que una cosa se parece a otra o es como otra cosa: “tus dientes son blancos como perlas” (vaaaale, este está muy manoseado, pero nos viene muy bien al caso). Una metáfora, en cambio, es una comparación en la que en vez de decir que una cosa se parece a otra, decimos que una cosa es otra: “tus dientes son perlas” (¡has visto que bien venía!).

Ambos son recursos retóricos muy utilizados también en los discursos, por lo que resultan bastante comprensibles por la mayoría de los oyentes y los públicos (ligero como el aire, fuerte como un toro, etc.). Pero aquí comienzan los peros.

De la misma forma que un nativo español suele entender sin problemas expresiones del tipo “ser más tonto que Abundio”, “tener más hambre que Carpanta” o “más moral que el Alcoyano”, estas mismas frases van a resultar en la mayor parte de los casos incomprensibles para nativos de otros países.

Vale, eres más listo que el hambre, pero ¿también eres más viejo que Matusalén?
Vale, eres más listo que el hambre, pero ¿también eres más viejo que Matusalén?

 

¿Pero en qué discurso iba yo a poner algo así? Lo reconocemos. Hemos exagerado. Pero igual sí que has utilizado o escuchado sin pestañear frases del tipo “la economía va viento en popa”; “ya se ve la luz al final del túnel”; etc.

Es muy del gusto español el uso de metáforas dentro de los discursos, si bien hay que decir que el uso que se hace en ámbitos empresariales es muy distinto -y mucho más rico- que el que se suele emplear en el ámbito político. En ese sentido, recomendamos vivamente la lectura de el siguiente artículo de D.C. García sobre La metáfora en el discurso político. Y además, estamos muy atentos a la próxima apertura del proceso electoral español que culminará en diciembre de 2015 y que a buen seguro nos dejará perlas de muy elevada categoría.

Entonces, como en todo, lo que hay que saber es dosificar.

1.- Si no estás seguro al 100% de que tu símil (o tu metáfora) va a funcionar, táchala. No tengas piedad. Tus oyentes no la tendrán contigo.

2.- Huye por principio de metáforas y símiles demasiado integrados en el lenguaje coloquial, a no ser que busques un efecto jocoso.

3.- La metáfora y el símil se basan en convenciones sociales. Si más del 20% de tu público está formado por personas de un país distinto al tuyo o de un nivel muy diferente (ejemplo: tú eres Catedrático de Física Teórica y ellos alumnos de Instituto) probablemente te entenderán mejor si utilizas un lenguaje llano y directo y realizas comparaciones sencillas.

4.- Cuidado con los dobles sentidos y la elección de las palabras. Lo que a ti te puede hacer gracia, puede ofender a otra persona. O peor aún: lo que tú crees que es perfecto como arenga, obtiene el efecto contrario. ¿No nos crees? Mira por ejemplo lo que sucede con la “lucha contra el cáncer”.

5.- Si de verdad te puede aportar algo, esmérate. No te conformes con una imagen mil veces repetida. Tú puedes hacer algo más que eso. Y si necesitas ayuda, aquí nos tienes.

 

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